18.11.05

La virgen de piedra

Sigo la risa y los murmullos hasta el otro lado del edificio. Hay un hombre, jugando con un perro gris y delgaducho. Me sonríe y yo le respondo con un cordial saludo. Le conozco; es Jesús, el jardinero de la zona. - Hace fresquito, ¿eh?
- Sí, ya se acerca el verano.
- ¿Qué hace usted por aquí esta época del año?
- Estoy buscando a alguien.
- ¿La puedo yo ayudar?
- Bueno ... ¿conoce usted a Marco Ruiz Quintán?
- Ruiz Quintán ... me parece que conozco a la familia. Pero hace mucho que no les veo por aquí. Creo que se mudaron.
- Sí, eso creo yo también. Pero ... quería volver aquí ... por si acaso.
- ¿Venía usted al colegio éste? - dice, apuntando al edificio detrás nuestro.
- Sí, vine aquí un par de años. Pero mi familia ... bueno, también nos mudamos.
- Se quemó ... hace ya muchos años ...
- Ya. ¿Sabe usted cómo se quemó?
El jardinero se rasca la cabeza y consola al perro, que se ha puesto a aullar.
- Hay historias. Rumores. Vamos, no sé. Si usted es de esas ...
- ¿Qué dicen?
- Bua, muchas cosas. Que si ... que si lo quemó no sé quién, que si estaba encantado, que si vivía aquí el demonio ...
- ¿Aquí dónde? ¿En el colegio?
- Sí, bueno, no sé ... habladurías, ¿me entiende usted? Estupideces. Pero ... los Ruiz Quintán tenían un hijo, ¿es él al que busca usted?
- Sí, al hijo.
- Era adoptado ese niño, ¿no?
- No lo sabía. ¿Era adoptado?
- Sí, los padres no podían tener hijos. Adoptaron a éste, no sé si era inglés, o francés. Vino de un orfanato de Inglaterra, se llamaba ... Espenser Moles, o Mols, o algo así. Es famoso, el sitio. Y bueno ... la mujer de Ruiz Quintán era muy amiga de la pescadera del pueblo, que da la casualidad que es mi mujer. Decía la mujer que habían encontrado al niño perdido por una selva de estas del tercer mundo, ¿sabe? El niño luego se fue cuando tenía diecisiete años. Supongo que a la universidad. Y ahí ya los padres se mudaron.
- ¿Qué más sabe usted?
- Bueno, no sé. No mucho más. Se hablaba mucho del niño por el pueblo. ¿Era un niño alto, moreno, ojos muy claros, no?
Pienso en la fotografía que tengo en el bolsillo y asiento.
- Sí, tenía a las chicas loquitas. Mi hija estaba enamoradísima. La dije yo, mira, Merceditas, el niño este no se yo adónde irá a parar. ¡Si no sabes ni de dónde ha venido! Había gente que le tenía miedo. Decían que era hijo del diablo.
- ¿Marco? - pregunto, atónita.
- Sí, ya, sandeces, ¿me entiende usted? Pero ... en fin, era un chaval normalito. Un poco siniestro, puede, en la manera de hablar o ... esa manera que tenía de mirarte ... yo creo que era un poco raro, ¿no?
- Puede, sí.
El jardinero responde con una mirada furtiva hacia su muñeca, y dice:
- Si me perdona usted, tengo un poco de prisa. Mucha suerte con la búsqueda, pero ya la he dicho que yo creo que se mudaron.
- Sí, gracias.
Se aleja, el perro trotando tras él. Me doy la vuelta para despedirme del viejo colegio herido y sangrante.
Cerca del colegio encuentro la pequeña iglesia de la zona. Recuerdo que Marco nunca entraba, le daban miedo las Iglesias. Supongo que por eso la gente se inventó esos rumores. Siempre se quedaba fuera, esperando. Nunca me olvidaré de aquellos Domingos aparentemente interminables en los que la pálida figura de Marcos era lo único que me elevaba la moral, al salir de misa y verle ahí, contra un árbol, siempre sonriente.

A la entrada de misa hay una virgen de piedra. Mi abuelo solía llevarme a verla, y mientras él rezaba yo esperaba pacientemente, o escalaba algún árbol. La virgen ahora está deteriorada y sucia. Mientras reza pisa al demonio serpentino que yace bajo sus pies.
Al volver al coche, pienso en lo que me ha dicho el jardinero. Marco nunca me dijo que era adoptado. A lo mejor ni él mismo lo sabía. No solía hablar de sus padres, pero supongo que a esa edad la familia no es tan relevante como el colegio o los amigos.
Me meto en el coche y recupero mis cigarrillos. Enciendo uno y me pregunto qué voy a hacer ahora. Debería volver a Madrid, al trabajo, a mi vida. Pero creo que ahora ya no puedo. La vida de Marco se abre ante mí, y no puedo evitar sentir curiosidad. ¿Quién es Marco en realidad? ¿De dónde viene? ¿Dónde está ahora? ¿Es hijo de ángeles o demonios?
De repente me acuerdo de algo. Recuerdo que un día, al volver de misa, Marco se paró ante la virgen. Apuntó y dijo:
- Ésa es mi madre.

Me propongo encontrarle, y pronto lo haré.



17.11.05

La risa de Marco

Aparco el coche entre unos árboles moribundos. La lluvia se ha suavizado, agradeciendo mi visita. Me despego del asiento y abro la puerta, inhalando el nuevo perfume de hojas quemadas y viento fresco. Dudo un momento, doy media vuelta y me vuelvo a meter en el coche. Cojo la fotografía y la observo detenidamente. Marco me sonríe con una expresión pícara y astuta. Recuerdo sus ojos ; tan penetrantes que cuando te miraba sentías la necesidad de bajar tu propia mirada. Eran ojos casi irreales, de un color imposible de determinar ; casi blancos, como canicas de cristal azul.
Unos segundos después salgo de nuevo, la foto en el bolsillo.
Al acercarme al edificio, éste parece despertar, respirar profundamente, mirarme a los ojos con patética serenidad, como un perro abandonado.
Las ventanas están cubiertas por persianas anchas y mugrientas. La puerta está sellada por un viejo cartel en el que se puede apreciar la palabra PISCINA, entrecortada.
Todo está en silencio.
No sé qué hacer. Mis pies tartamudean y dan una vuelta al edificio. Encuentro la puerta trasera y sonrío ante los recuerdos que me inspira, manoseando inconscientemente la foto en mi bolsillo. Una fuerte ráfaga de aire golpea la puerta. Me entran escalofríos y siento un deseo repentino de huir. A lo mejor he llegado demasiado lejos. A lo mejor, a veces, no está bien hurgar en el pasado. Marco me dijo una vez que todos somos inmortales. Decía que él mismo había muerto y había visto lo que hay “al otro lado”. Yo siempre he creído que él tiene todas las respuestas, incluso aquellas que no conocen ni los mejores filósofos del mundo. Marco siempre decía que Sócrates estaba equivocado y que, en realidad, todo es relativo. Si esto es cierto me pregunto por qué todos tememos tanto a la muerte.
Me parece oír algo al otro lado de la puerta. Alzo la vista con cuidado pero no ha pasado nada ; todo está igual. Juraría haber oído una risa.
La risa de Marco.

16.11.05

Introducción


Ya queda poco.
Mis nudillos palidecen al apretar el volante. Tengo la garganta seca y mi aliento desprende un olor amargo a café y cigarrillos. Intento dejar de fumar. Ahora sólo me fumo una caja al día. Las ruinas desechas de los cigarrillos respiran humo silenciosamente en el cenicero, al lado de la fotografía de Marco.
La fotografía.
Arrugada y venosa, como las manos de una vieja. Es lo único que tengo de él. De momento.
Fuera está lloviendo. Los árboles se deslizan a mi alrededor como trazos de pintura mojada. Ya he llegado. Reconozco el camino estrecho y melancólico que rodea la zona. Al final se alza el edificio, durmiendo entre matas de pelo verde.
El color naranja de los ladrillos me sobresalta; los latidos de mi corazón se despiertan, nerviosos.
Ya he llegado.